Yo ya estoy caducada, le dice ella. Te equivocas,
responde él, la esperanza de vida en España es de ochenta y cuatro años para
las mujeres. Eso dice la teoría, contesta ella, pero en la práctica no es así:
hace años vi que tenía algo escrito en la planta del pie; era mi fecha de
caducidad, claro. Septiembre de 2010, decía. Qué raro esto, pensé, pero no supe
a quién acudir. ¿Al médico? ¿A un salón de tatuajes para que intentaran cambiarme
la fecha? ¿Al Ministerio de Alimentación? Lo dejé pasar con la esperanza de que
todo fuera un error, pero llegó la fecha y sentí que algo en mí fallaba, que
perdía la frescura de antaño, por así decirlo. Así que ya estoy pasada de fecha,
aunque nadie lo sabe, pues disimulo. Mantengo un perfil bajo y nadie se da
cuenta de que estoy donde no tendría que estar.
El doble
Han llamado de una importante editorial. Querían hablar con mi otra personalidad, no conmigo. Mi otra personalidad se llama Fernando Noviembre y es un autor de éxito (también le va bien con las mujeres, lo que aumenta mi envidia). Querían publicarle una nueva novela, pues al parecer sus lectores están muy impacientes. Yo me llamo Pedro Santiago y no tengo lectores ni mujeres. Soy un don nadie; me cuesta triunfar, meter el pie en la puerta. Mi psiquiatra dice que mi problema tiene fácil solución y que podría empezar firmando mis obras con el nombre de mi otra personalidad (como si lo adoptara como seudónimo), pero no es tan sencillo. No se puede usurpar una identidad así como así.
